Se a informado que el polémico youtuber e influencer Logan Paul decidió que su nueva obsesión es la cultura nipona, y lo demostró soltando la absurda cantidad de 550,000 dólares. ¿Su objetivo? Adquirir las revistas originales que contienen los mismísimos primeros capítulos de One Piece y Dragon Ball. Como era de esperarse, la comunidad no lo recibió con los brazos abiertos; de hecho, la funa masiva ya comenzó y el internet está literalmente ardiendo en su contra.



Junto a su amigo y socio Jeremy Padawer, el estadounidense se hizo con copias graduadas de una rareza extrema. Para que te des una idea del nivel de las piezas, la revista de 1984 con el debut de Goku obtuvo una calificación casi perfecta de 9.2, siendo la copia mejor conservada que se conoce en el planeta. Por su parte, la publicación de 1997 donde vemos a Monkey D. Luffy por primera vez alcanzó un brutal 9.0. Sin embargo, lo que realmente hizo enojar a la comunidad fue la actitud del creador de contenido, quien no dudó en presumir su compra catalogando al manga como una simple «clase de activo» financiero que planea seguir explotando, confirmando que lo ve más como un negocio que como una obra de arte.
La reacción del fandom fue inmediata y despiadada. Miles de comentarios inundaron sus perfiles acusándolo de ser un oportunista que jamás ha tocado un tomo ni visto un episodio completo en su vida. Incluso el popular streamer IShowSpeed se metió al pleito, tirándole el basado comentario de que no sabe absolutamente nada sobre la franquicia de piratas. El verdadero terror detrás de esta rabieta colectiva es totalmente válido: si este tipo de millonarios ajenos a la comunidad empiezan a ver las historietas como inversiones para multiplicar su dinero, los revendedores se volverán locos y los precios del coleccionismo se irán por las nubes, haciendo imposible que un fan normal pueda comprar su mercancía favorita.
Aunque para la mayoría de nosotros comprar un manguita nuevo en la tienda local ya es un gasto que duele, el coleccionismo de revistas originales de los años 80 y 90 se ha convertido en un mercado hipercompetitivo de lujo. Los coleccionistas serios envían estas primeras ediciones a empresas calificadoras que evalúan desde el color de las hojas hasta el mínimo desgaste de las esquinas. Obtener un 9.0 o superior es casi un milagro debido al papel barato y frágil que usaban las editoriales niponas en esa época, lo que justifica en parte por qué estas históricas joyitas alcanzan valores estratosféricos en subastas internacionales cuando caen en manos de magnates.
